Me quito los tacones. Mis pies notan la fría red metálica que recubre la nave. Entre las aberturas del suelo, montones de comida, comida especial a base de orina y defecaciones. El olor que desprenden cada uno de los cuerpos enfermos que descansan sobre el suelo me hace odiarlos más. Los mataría a todos. Los acabare matando a todos.
Mil trescientos metros de nave. Camino lentamente por el pasillo que la atraviesa. Los ventanales del techo iluminan cada una de las jaulas. Miro a mi derecha, luego a mi izquierda. Miles de ojos observándome. Jugueteo con mi cabello y dedico una sonrisa a todos ellos. Mis Pies silenciosos. La luz tenue. El tiempo acabado. Miradas tristes. Ojos llorosos, hinchados. Heridas ensangrentadas. Bebes tirados al suelo. Deformidades. Pieles putrefactas. Cadáveres. Paredes arañadas. Respiraciones entrecortadas.
Un grito. Dejo mis zapatos en el suelo. La luz de una de las jaulas se ilumina. Uno de ellos se ha puesto furioso. Me siento en el suelo, delante de su jaula. Lo veo lanzarse contra la puerta. Contra la pared. Araña el suelo con rabia. Grita. Solo saben gritar. Las redes metálicas se marcan sobre su piel blanquecina. De su boca sale sangre. Le falta una extremidad. Sus pies están manchados de sangre. Los demás de la jaula se esconden en un rincón. Un bebe yace en el suelo boca abajo con la cabeza hundida entre las rejas.
Son patéticos. Me apasiona su comportamiento. Me río.
Él me mira, con odio mientras se lanza contra la puerta que nos separa. La sangre de sus heridas me salpica el vestido. Será el primero.
Mi mano sujeta un trozo de madera. Basto, plano, estriado. El mismo de siempre para estos casos, supongo. Saco el manojo de llaves. Abro su jaula. Los del rincón empiezan a gemir. Es lo único que saben hacer. Él me mira. Empieza a correr a mí alrededor. Intento golpearle. Pero el palo choca contra el suelo metálico. El eco suena por la nave. Los demás de la jaula empiezan a gritar. Le golpeo, solo a él. Dos veces con fuerza en su cabeza es suficiente para dejarlo inconsciente. Me lo llevo arrastrando por el pasillo. Su piel se va levantando por el roce de la malla, dejando detrás nuestro hilos de sangre que se filtran a la comida.
La sala de tender. Agarro sus pies, los ato con fuerza. Coloco el gancho sobre la plataforma que recogerá su sangre. No puedo desaprovechar nada. Lo cuelgo boca abajo. Sigue inconsciente. Muchos creen que en este punto ya están muertos. Pero yo se que no. Acerco mi cara a su nariz. Su respiración empaña mis gafas. Sigue vivo. Me siento delante de el. Cara a cara. Esperando que sus ojos se abran y me permita jugar juntos un rato más.
Empieza a balancearse. Las cuerdas se aferran más a sus tobillos con cada movimiento. El gancho se hunde poco a poco en su piel. Me mira. Lleno de terror. Grita. Grita. Solo saben gritar. Es extraño. Pues ellos no tienen sentimientos. No pueden sentir esa rabia. No tienen el derecho de sentirla pues son simples seres que solo sirven para esto. Le pego una patada a su cabeza histérica y me agarra del pie con sus manos temblorosas. Me tira al suelo. No me lo puedo creer. Me entra la risa. Jamás me había pasado. Agarro el cuchillo. Quiero hacerle sufrir más que nadie.
Esta cansado. En su cabeza se acumula la sangre. Va perdiendo visión. Se siente mareado. No lo quiero ver así. Me dan lastima los que acaban así, sin pelear hasta el final. Le enseño el cuchillo que sostiene mi mano derecha. Le acaricio la cara mientras nos miramos a los ojos. Sonrío. Quiero acabar con esto de una vez. Hundo el cuchillo en su bajo vientre. Grita. Bajo poco a poco agrietando su piel. Es una piel muy gruesa. Noto el crujir del desgarre contra el cuchillo. Brotes de sangre que salen con prisa. Gritos. Lo muevo hasta ponerlo encima de la bañera. Lo dejo allí un rato hasta que la sangre deja de gotear.
Me mira moribundo. Sus ojos se van apagando a cada gota que salpica contra la bañera metálica. Ya es tarde. La luz del sol se va escondiendo y los ventanales proyectan sombras alargadas por todo el recinto. En el fondo me dan lastima. Pero no podría dejar de hacerlo. Es imposible. Inhumano.
Colgado del mismo gancho que ya se hunde en su talón derecho, lo muevo por raíles hasta la siguiente sala. Al entrar me recorre un escalofrío. Hace muchísimo frío aquí. La sala es casi tan grande como la principal. Filas y filas de raíles colgantes llenos de ganchos ocupados por cuerpos cadavéricos. Coloco a mi rebelde el último de la fila. Me paseo mirando las incisiones de los demás trabajadores del local. Son muy buenas. No mejores que las mías. Paseo mis manos sobre sus pieles. Están duros, tensos. Fríos. Le doy un beso a mi moribundo. Coloco bajo su cabeza una nueva bañera limpia y reluciente. Le corto el cuello. Su piel dura se queja. La sangre se desliza poco a poco a la bañera. Para mañana ya estará llena y fresquita.
Cierro la puerta. Vuelvo al pasillo metálico. Recojo mis zapatos nuevos. Veo el atardecer desde la entrada. Respiro aire limpio. Mañana me comunicaran si he pasado la prueba. Mientras me subo a mi coche. Veo como la fábrica escupe sángrela río. Sonrío. Me siento llena de energía.

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