Interneteando
Suena el despertador. Abro los ojos y miro a mí alrededor. Veo lo de siempre, paredes pintadas de azul, armarios blancos, fotos, diplomas, medallas, recuerdos de toda una vida. Una vida que cada día es más monótona, en la que lo único que hago es pasar el tiempo. Sin ambiciones. Estoy de paso por esta vida.
Después de mis pensamientos deprimentes, me levanto, apago la radio y me dirijo hacia el ordenador mientras froto mis ojos tratando de despertar del todo.
Enciendo el ordenador y en cuanto carga, pongo el emule. Se abre el Messenger y dudo. ¿Me conecto o no me conecto? ¿Estarán o no estarán? Comienzo a pensar que soy una adicta. Decido irme a desayunar. Acabo de calentar la leche y mientras echo el cacao a la taza decido que hoy desayunaré frente a la pantalla.
Una vez situada con la taza de Nesquick en una mano y el ratón en la otra me conecto. Después de un vistazo rápido no encuentro a nadie interesante, así que me pongo a mirar los cinco correos que me han mandado esa misma noche, mientras me pregunto a que horas intempestivas la gente se dedica a mandar emails.
Cuando acabo, echo otra mirada a mis contactos. Siguen sin entrar, estarán durmiendo o trabajando como cualquier persona normal. Luego recuerdo que no son normales. Son personas como yo, que llevan vidas paralelas.
Miro el reloj. Es hora de ir a clase. Voy a instituto donde veo las mismas caras de siempre, chistes sin gracia. Mi tutor que da pena. Las manecillas de mi vida siguen moviéndose. Toca la campana. Otra mañana que se ha ido. Cojo el coche y voy a casa donde me espera mi otro yo.
Entro en casa sonriendo, saludo a mis padres y me dirijo hacia mi rincón favorito.
Sentada frente a la pantalla me pregunto cuantas veces he estado así, en el mismo lugar, con la misma postura, esperándoles. Me hacen olvidar mis problemas durante unas horas. Son mi mejor medicina. Es fácil hablar con ellos, no me ven y yo a ellos tampoco. Evitamos las miradas incomodas, pueden juzgarme y están en su derecho. No merece la pena enfadarse, aunque sería muy fácil cortar nuestra amistad. Al fin y al cabo solo son palabras en mi pantalla. ¿No?
Eso es lo que me gustaría creer.
Por fin aparece la primera persona. ¿Quién será más rápida? ¿Ella o yo?
Mis ojos se iluminan al leer sus palabras. Nos saludamos con los mismos saludos de siempre que solo entendemos nosotros. Hablamos de cómo nos ha ido la mañana de nuestra otra vida, mientras comenzamos a desvariar poco a poco. Empiezan a conectarse los demás y les vamos agregando. Competimos para ver quien les añade antes. Es una tontería pero me hace sonreír. Son pequeñas cosas de nuestra vida diaria.
Llega la hora de comer, mi hermano me intenta arrastrar hasta la cocina mientras yo trato de despedirme, añadiendo algún improperio sobre hermanos pequeños. Sé que me repito, que deben de estar hartos de oírme hablar de mi hermano “nosotros también tenemos y no hablamos de ellos todos los días” pensarán. Y tienen razón, en ocasiones soy una pesada. Algunos se van a comer también. Nos despedimos hasta dentro de unos minutos.
Mientras estoy comiendo, preguntándole a ese espécimen que mis padres aseguran que es familia mía que tal le ha ido en el colegio, pienso en ellos. Les acabo de dejar y ya les echo de menos. Esta obsesión no puede ser sana. Me imagino que pasaría si un día nos encontrásemos todos. Invento situaciones en mi cabeza, saludos, bromas…
Acabo de comer y en mi camino hacia el ordenador me paran mis padres. Maldigo en mi cabeza. Me asaltan con cualquier tontería, intento que se den prisa. ¿no se dan cuenta de que tengo que ir a hablar con mis amigos?
Cuando logro librarme de mis progenitores y llegar hasta la pantalla observo como los que faltaban han llegado y algunos han vuelto de comer también. En un rato estaremos todos.
Pasan las horas y a media tarde dejo el ordenador al ser extraño que habita en mi casa, prometiendo que por la noche volveré para estar con ellos.
Las horas pasan despacio mientras estudio, o hago cualquier otra cosa. A veces salgo con mis amigos de la vida normal, pero no son muchas porque tienen clase por la tarde.
Miro el móvil. ¿Y si escribo un mensaje a alguien? Un segundo después recuerdo que no tengo saldo suficiente. Lastima.
Llega el anochecer y le comento a mi hermano “¿tu no tienes que estudiar?”. Me mira mal y me dice “cuando acabe la partida te dejo” Ahora la que le mira mal soy yo. Se cree que me puede engañar con esos cuentos. Que no se que juega 2 partidas como mínimo. Pero no le digo nada. Prefiero que siga creyendo que me engaña. Es más manejable así.
Cuando por fin me deja, me conecto. Oigo el pitiklin mientras la ventana se abre y comienza a parpadear. Me siento bien. Me coloco en posición y me preparo para otra larga noche de comentarios absurdos e historias interminables que se enlazan unas con otras en un sin fin de experiencias.
Sonrío. Les quiero y no les cambiaría por nada.
Fash

0 Comments:
Post a Comment
<< Home